Escribir cine: memoria, cotidianidad y formas de mirar
Por: Victor Manuel Estrada Guerrero
Un taller de escritura con estudiantes de sexto semestre de Cinema, Escuela de cinematografía y medios audiovisuales.
¿Cómo se aprende a escribir el cine? ¿Cómo escribir algo cuando todavía no sabemos del todo qué queremos contar?
El objetivo principal del seminario fue desarrollar en los estudiantes herramientas de escritura que pudieran acompañarlos en el proceso de sus tesis: fortalecer su capacidad para organizar y desarrollar ideas, trabajar la sintaxis, la claridad del discurso y la corrección ortográfica, pero también encontrar una voz propia desde la cual escribir.
Para trabajar estas habilidades, propuse un espacio de exploración en el que pudieran acercarse a temas personales a través de la memoria, la cotidianidad y las sensaciones. La escritura funcionó así como un ejercicio técnico, pero también como una forma de investigación personal: una manera de descubrir qué experiencias, imágenes, recuerdos o inquietudes podían convertirse posteriormente en materiales para una película.
Cada una o dos sesiones exploramos a un autor o autora diferente. Observamos su lenguaje, su contexto, sus temas y, sobre todo, los dispositivos con los que construyen sus obras. A partir de ahí, los estudiantes desarrollaron sus propios textos tomando como punto de partida alguno de esos mecanismos.
Con Jonas Mekas, por ejemplo, partimos del diario y de la posibilidad de construir una película a partir de fragmentos de vida, sensaciones y recuerdos. Con Chantal Akerman exploramos la carta, la distancia y la presencia de una persona a través de aquello que deja fuera de campo. Con Agnès Varda pensamos el reflejo: cómo al mirar a los otros terminamos encontrándonos a nosotros mismos. Con Ignacio Agüero, cómo una película puede convertirse en un pensamiento vivo que se transforma mientras se filma y se monta. También exploramos el archivo, la memoria, la distancia y el punto de vista en autores como João Moreira Salles y Patricio Guzmán, entre otros.
La selección partió, en buena medida, de mi propia área de especialidad: la no ficción y el cine de ensayo. Pero conforme avanzó el seminario, la razón para elegir a estos autores se volvió más clara. Son cineastas que, de distintas maneras, parecen escribir mientras filman. Sus películas no siempre parten de una estructura completamente resuelta: avanzan mediante asociaciones, encuentros, intuiciones, preguntas y descubrimientos.
Pensar, filmar, montar y escribir son procesos que se contaminan entre sí.
Me interesaba acercar a los estudiantes a esa libertad en un momento particular de su formación: el desarrollo de sus tesis. Una tesis cinematográfica puede exigir precisamente eso: desaprender algunas de las certezas adquiridas durante la carrera y encontrar la madurez suficiente para enfrentarse a inquietudes propias. Y esas inquietudes son, muchas veces, también vulnerables.Por eso, los distintos dispositivos que exploramos no fueron únicamente herramientas creativas. También fueron formas de aproximarse —o de tomar distancia— de aquello que querían contar. No se trataba de enseñarles a escribir guiones de no ficción, sino de ayudarles a encontrar algo que valiera la pena escribir. La respuesta de los estudiantes fue, para mí, una de las partes más valiosas del seminario.
Hubo un ejercicio de confianza que agradezco especialmente. Se atrevieron a inspeccionarse y a escribir no necesariamente sobre los acontecimientos más extraordinarios de sus vidas, sino sobre pequeñas situaciones que habían permanecido con ellos: un espacio, un objeto, una ausencia, una costumbre, una sensación, una imagen difícil de explicar.
Poco a poco, los textos fueron desplazándose de la anécdota hacia la percepción. No se trataba, en principio, de contar qué había sucedido, sino de preguntarse cómo se había sentido aquello.
¿Qué textura tenía un recuerdo?
¿Qué sonido lo acompaña?
¿Qué espacio aparece cuando pensamos en determinada persona?
¿Por qué una imagen aparentemente insignificante puede permanecer durante años?
La intención era que esos textos pudieran ser traducibles posteriormente a imágenes, sonidos, espacios, ritmos y atmósferas. No necesariamente para convertirse en películas de no ficción, sino en materiales de pensamiento desde los cuales cada estudiante pudiera decidir posteriormente qué lenguaje necesitaba su proyecto.
Antes de decidir cómo hacer una película, tenía que existir algo auténticamente personal que necesitara ser filmado. El trabajo también incluyó la lectura, revisión y corrección de los textos, así como ejercicios de escritura académica y de análisis alrededor de las películas y los autores estudiados. Pero el énfasis estuvo puesto en recuperar el placer y la libertad de escribir creativamente: descubrir que la escritura cinematográfica también puede ser una forma de investigación personal.
Y quizá eso fue lo más interesante del ejercicio. Al mirar hacia atrás, muchos de los textos no terminaron hablando de los grandes acontecimientos de una vida, sino de aquello que parecía demasiado pequeño para ser contado: una calle, una persona cuyo rostro ya no recuerdan, una habitación, una ausencia, una costumbre, un objeto.
A veces, para encontrar una película, primero hay que aprender a mirar aquello que todavía no sabemos que estamos buscando.
Algunos de los textos escritos durante el seminario
Como parte de esta experiencia, compartimos a continuación una selección de los ejercicios escritos por los estudiantes durante la primera etapa del seminario.Inspirados en la película “En el camino, de cuando en cuando, vislumbré breves momentos de belleza” Mekas, Jonas (2000)
Omar Sánchez Moreno
Calaverita
Era el día de muertos del año 2011 cuando yo tenía seis años, y salí a pedir la famosa calaverita con un amigo del cual no recuerdo su nombre ni su cara.
Caminamos por las calles del barrio, llenas de baches y con una iluminación pobre. A lo lejos se escuchaba la música de las personas que salían en bola a bailar por una mandarina, los perros ladraban a lo lejos y nuestras bolsas de plástico del Aurrera llena de dulces hacían ruido al caminar junto con nuestras pisadas en la calle.
Sentía frío; parecía que llovían pingüinos. Y qué menso yo, que no llevaba suéter porque arruinaría mi disfraz de payaso.
Llegamos por la calle donde estaba mi casa. Me despedí de mi amigo y me dio dos cañas porque a él no le gustaban. Entré a mi privada. Él se alejó, y las campanas de la iglesia sonaban mientras avanzaba.
Termino este texto y sigo sin recordar su nombre ni su cara, pero sé que él siempre estuvo ahí.
María Renée Juventino Reynoso
Segundo de secundaria
Eran ya más de las dos de la tarde, toda la secundaria había salido, y era la hora en que la matutina y la vespertina se mezclaban, en que la entrada y la salida de la escuela se volvía difusa, porque todo el mundo quería pasar por ahí y solo ocasionábamos que el señor de la entrada se enojara y nos regañara a todos. Se escuchaba un caos familiar y acogedor, recuerdo que mis amigas y yo teníamos que hablarnos fuerte para poder escucharnos, probablemente por eso a día de hoy sigo hablando fuerte sin darme cuenta.
Me quedé esperando junto con mi mejor amiga a que mi mamá llegara por mi. Era Marzo, el calor se comenzaba a sentir más fuerte y era la época en la que los maestros de educación física nos ponían a marchar para practicar el desfile del cinco de mayo. Había algunas nubes, pero no dejaban que el sol se interpusiera en su camino.
Liz y yo decidimos salir para comprarnos un boli para sobrellevar el calor. Con mucho trabajo logramos salir de la escuela. Yo siempre pedía mi boli de grosella, y algunas veces me manchaba las playeras de rojo, mi mamá me regañaba porque era muy difícil sacar las manchas y entonces me tocaba llevarme las playeras con la mancha a medio lavar.
A esa hora la fila de los transportes escolares se comenzaba a formar, y los niños de primaria se empezaban a subir y a dejar sus cosas para que no los fueran a dejar. Entonces acompañé a Liz a dejar sus cosas a su transporte, y de paso busqué al niño que me gustaba. No lo vi en ese momento, pero mientras íbamos saliendo de la fila de los transportes y nos dirigíamos a los salones en donde practicaba la banda de música lo vi. A pesar de que él ya no forma parte de mi vida aún recuerdo el calor que sentía en mis mejillas y la sonrisa inconscientemente que me provocaba cada vez que lo veía; se me revolvía el estómago. A Liz, en cambio, no le caía bien ni le daba buenas vibras. Después de unos años me di cuenta porqué, sin embargo en ese entonces siempre me dió ánimos y me apoyaba. Saqué un gloss transparente y me lo puse rápidamente antes de que llegara, por suerte ese día no me manché la playera. No recuerdo la conversación que tuvimos cuando se acercó a nosotras ni que fue lo que hicimos, pero normalmente era una rutina estar los tres juntos riendo, platicando y jugando hasta que alguno se tuviese que ir. Cuando mi mamá me marcaba por teléfono ambos me acompañaban y me dejaban hasta la reja, y si sus transportes salían antes yo me despedía de ellos hasta que las combis salieran de la escuela y entonces yo me quedaba sola hasta que pasaran por mi.
Antes me daba mucha ansiedad quedarme sola, no sabía qué hacer, a dónde ir o con quién estar. Mis últimos días esperando sola los recuerdo jugando el jueguito de la serpiente en mi celular del año del caldo hasta que sonaba la musiquita característica de las llamadas entrantes de los Nokia.
Rogelio Humberto García Rodríguez
Mi caos, su caos, nuestro caos, es curioso vivir entre tanto caos.
El ruido urbano llega desde ambas direcciones
y se mete en mis oídos.
Es incómodo, confuso, me da pena escucharlo así,
todo al mismo tiempo,
como si no hubiera espacio para el silencio.
Lo siento en el cuerpo: exhausto,
con la urgencia de seguir corriendo,
aunque no sepa bien hacia dónde.
La gente pasa a mi lado.
Cruzan miradas, voces, risas, palabras sueltas
que no me pertenecen.
Platican sobre su día sin temor
a que algo malo —o algo bueno— pueda pasar.
Me provoca curiosidad.
Ganas de saber qué ocurre dentro de cada cabeza,
qué cargan, qué los mueve,
si su ruido interior se parece al mío
o si el caos solo parece orden desde afuera.
El ruido urbano interfiere en sus voces,
las corta, las mezcla,
y aun así siguen caminando.
El sol cae directo sobre mi espalda.
El calor se acumula,
alcanza temperaturas incómodas,
persistentes.
Mis tendones y mis músculos duelen.
El cansancio se instala sin pedir permiso.
Pero, extrañamente, se siente bien.
Como si el cuerpo, al doler,
confirmara que sigo aquí.
Pienso si ese cansancio también está en los demás,
si forma parte del ambiente que compartimos,
si este agotamiento es colectivo
y solo aprendimos a caminar con él.
Solo quiero llegar.
Descansar un poco.
De todo.
Fabiola Magdalena Castillo
Consuelo
Recuerdo que ese día estaba muy cansada, me dolían los pies por todo lo que había caminado y tenía la piel sudada por el calor bochornoso del local. Al mismo tiempo tenía tanta hambre: había salido de casa sin comer bien y estaba muy enojada por lo que pasó justo antes de irme a trabajar, así que no tenía ni la energía ni las ganas de seguir lidiando con clientes ni con nadie.
Seguía molesta incluso cuando mi hermana pasó a recogerme en al auto, aunque ahí adentro ya no tenía tanto calor por el aire acondicionado. Apenas empezaba a bajar el sol y las calles se veían anaranjadas de un lado, mientras que la sombra crecía en ciertas partes del pueblo. Me sorprendió que mi hermana me trajo un par de zapatos cómodos y en cuanto me los cambié sentí mucho alivio, todo era más fresco, ya no sentía los pies tan pesados y me tomé ese tiempo para respirar y relajarme un poco.
Mi hermana no me llevó directo a casa, empezamos a manejar por el pueblo sin una dirección clara mientras yo veía cómo nos acercábamos cada vez más a zonas donde había más campo, más carretera y más terrenos vacíos. Quedaba poca luz de sol y el pasto se veía azul. Cuando bajamos del auto nuevamente sentí el calor en mi piel, pero ya no era tan molesto ni fuerte como al principio. Pasaban muy pocos carros y me empecé a sentir nerviosa, estaba acostumbrada a avisarle cada movimiento a mi mamá y mi hermana no me decía nada, solo me sugería que me relajara, así que confié en ella y observé tranquilamente los terrenos que teníamos enfrente.
María Fernanda González Castro
Sol de verano
Mientras caminábamos, Belén y yo veíamos a muchísima gente, de todas partes salían nuevas personas. De fondo se escuchaba el sonido de sus voces que se combinaban con el pitido de los coches volviéndose todo cada vez más inaudible. A nuestro alrededor había un montón de edificios, coches y personas de las cuales no recuerdo sus rostros, pero sí que todos vestían con colores vivos y llamativos.
Mis pies estaban cansados, sentía dolor en las plantas y ardor en mis pantorrillas, tenía muchísimo calor y estaba engentada, pero sentía una fuerza que me invitaba a seguir y seguir caminando. Esa fuerza era un sentimiento de que pronto todo acabaría y que si no lo hacía me arrepentiría de no haber seguido.
La luz era densa, el sol se colaba por los pequeños espacios que había entre los edificios y el calor era tan intenso que ya me había despreocupado por la sudoración de cuerpo. Rara vez vi hacia abajo, porque mi cuerpo de cierta manera estaba en alerta.Pocas veces sabes cuándo es la última vez de algo, pero esa tarde, yo lo sabía. Y sentía que debía sentirlo todo e ir a todas partes.
El dolor y el cansancio de mis pies me recordaban lo maravilloso que había sido estar allí y que cada paso había válido la pena. Sentía una profunda tristeza al saber que sería la última vez que estaría con Belén y una incertidumbre que me cuestionaba constantemente cuándo sería la próxima vez, y sin embargo, al mismo tiempo, fue una de las veces en que más feliz me he sentido.
Maureen Alicia Ávila Torres
Hace algunos años, antes de salir de la prepa, mis amigos y yo fuimos a celebrar nuestros cumpleaños juntos. Llegamos a una casa ubicada en las afueras de la ciudad justo en el momento del atardecer. Comimos, tomamos un poco y jugamos videojuegos. Todo el tiempo nos la pasamos riéndonos como tontos y contando lo que estábamos viviendo cada uno en pandemia. El tiempo se podía detener por un momento y la presencia de todos ahí me hacía sentir segura y en paz.
A eso de las nueve de la noche decidimos salir a la terraza que había en el tercer piso. El clima del invierno ya se sentía, había un cielo despejado y se notaba una que otra estrella tintineando arriba de nosotros.
Alguien tuvo la idea de sacar mantas y almohadas para mejorar la experiencia. Nos fuimos acomodando en el piso y poniéndonos uno junto al otro para generar más calor. Chechenco, el anfitrión, puso en su celular una playlist con canciones lentas que daban la sensación de paz y nostalgia. Las mantas eran suaves y las almohadas eran un poco más rígidas, lo que facilitaba que nuestras cabezas estuvieran cómodas.
Hubo silencio por un rato. Era como si ninguno de nosotros necesitara decir nada para comprender el amor y cariño que nos teníamos. Por un instante, el frío y la vista a las estrellas pasaron a estar en segundo plano. Volteaba a ver a mis amigos y ellos a mi.
En mi interior sabía qué estaba pasando, estaba viviendo un recuerdo invaluable. Uno al que regresaría cuando me sintiera triste o sola. Mi cuerpo se sentía ligero, yo me sentía en paz, feliz, segura a lado de mis seres humanos favoritos y desee que no terminara nunca ese momento.

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